Sarrerak Arratia Eleiza  

Comentario al evangelio del día. Dominicos

Reflexión del Evangelio de hoy

Fe: camino de luz

La lectura del segundo libro de Samuel, nos introduce en un ámbito que transciende la materialidad de lo que aparentemente parece. Se habla de consolidar el reino, de la construcción de un templo… Para los israelitas la promesa de la tierra prometida y de un reino se fue fortaleciendo a lo largo de su camino de fidelidad, como respuesta a la promesa de Yahvé, que se inicia como alianza.

A lo largo de este camino de fidelidad se afianza la certeza de que Dios bendice a este pueblo con la posesión de un lugar, una tierra y un espacio (el templo) donde reside la gloria de Yahvé.

Con la venida de Cristo, el templo pasará a ser la realidad más esencial del cristiano, su propio ser. Él mismo será ese templo, como afirmó Jesús de sí mismo en Jn 2, 19-21 o san Pablo en 1 Corintios 6:19-20 y 3:16-17. Un templo donde por el bautismo en el cristiano, no solo reside la Gloria de Dios, sino que se transforma en el lugar de su morada permanente.

El alma humana es la certeza más real del ser humano. Dios la creó a su imagen y semejanza y en ella reside la belleza de Dios. Decía el Papa Francisco en Gaudete Et Exultate, nº 42 “Aun cuando la existencia de alguien haya sido un desastre, aun cuando lo veamos destruido por los vicios o las adicciones, Dios está en su vida” .

Ese reino que se consolida en su presencia, es el reino que Cristo vino a inaugurar, el reino del amor, que no puede ser sustituido por ningún poder político, económico o legislativo. Se ha instaurado con su propia entrega. A ese reino se accede desde la fe, desde la confianza en el que inició la promesa: “yo seré para él un Padre y el será para mi un hijo”.

La fe es siempre un camino de luz, porque supone la esperanza mantenida por el amor con la certeza de ser alcanzados por Dios. Sin esa certeza deambulamos por la historia como  “números precisos de eficacia global”, ajenos a la belleza de nuestra propia esencia y ciegos para ver la belleza de quienes nos rodean. “Quien no se deja acariciar por Dios está perdido” (Papa Francisco homilía en santa Marta del 6/12/2016).

Un corazón que ve

A la luz de este relato evangélico, hablar de san José es entrar en el misterio de Dios, en su designio de amor para con la humanidad. La paternidad de san José no surge del azar o de la casualidad, no es un elemento más en el proyecto de Dios. Fue predestinado para darle identidad a su Hijo: “tú le pondrás por nombre…” En la cultura hebrea poner nombre era potestad del varón o cabeza de familia e implicaba una identidad peculiar. Por lo tanto se le invita a ser parte del proyecto Salvador de Dios. Lo llama, y lo confronta con su propia libertad, porque el amor no puede ser objeto de coacción sino de respuesta libre y liberadora de un corazón que ama: “como era un hombre bueno”… que no es sinónimo de bonachón. Era un enamorado que escuchó la llamada de Dios en su corazón, para con su respuesta dignificar la que con anterioridad había dado María. El sí de san José entrelazó la historia con la voluntad de Dios.

San José fue más allá de la ley que mandaba repudiar a quienes se encontraban en una situación como María. Es la lucha diaria de todo ser humano que quiere ser fiel a su conciencia. El amor va más allá de la ley. San José responde a esta invitación consciente de que el misterio de Dios va más allá de la percepción, de ahí que la fe de San José es la respuesta consciente y firme de quien posiblemente no entendía, pero amaba. El amor transforma la fe en luz y esa luz se traduce en esperanza. “Hizo todo lo que le había dicho”, responde con fidelidad porque vio con el corazón.

Un corazón que ve es un corazón humanizado que ha traspasado la eficacia de la razón para entrar en la dimensión del amor. Un corazón que ve más allá, un corazón contemplativo que es capaz de acariciar el tiempo y darle consistencia de eternidad, desde la fidelidad callada del día a día. San José fue un hombre contemplativo, un hombre de fe que vio la luz de la verdad más allá de las apariencias.

Quizá nos falte humanizar nuestra vida desde un corazón que ve, que nos de esa perspectiva eterna que se consolida con la fe en el amor de Dios que nos invita a darle dignidad a nuestra humanidad.

Sor Mª Angeles Martinez, O.P.

https://www.dominicos.org/predicacion/evangelio-del-dia/19-3-2026/